El siguiente es el formulario que corresponde a oficio de lectura de la liturgia de las horas para el día de ayer, domingo, 30 de marzo de 2025.
V. Señor, ábreme los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Antifona: Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió.
Invitación a la alabanza divina
Animaos los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy». (Hb 3,13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
(Se repite la antífona)
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
(Se repite la antífona)
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
(Se repite la antífona)
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
(Se repite la antífona)
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso.”»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Alegría de los que entran en el templo
El Señor manda que los redimidos entonen un himno de victoria. (S. Atanasio)
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.
(Se repite la antífona)
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
(Se repite la antífona)
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:
(Se repite la antífona)
«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Que todos los pueblos alaben al Señor
Sabed que la salvación de Dios se envía los gentiles. (Hch 28,28)
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
(Se repite la antífona)
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
(Se repite la antífona)
La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
Entrada solemne de Dios en su templo
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que, como hombre, sube al cielo. (S. Ireneo)
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
(Se repite la antífona)
—¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
(Se repite la antífona)
—El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
(Se repite la antífona)
—Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
(Se repite la antífona)
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
—¿Quién es ese Rey de la gloria?
—El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
(Se repite la antífona)
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
(Se repite la antífona)
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.
Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.
Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.
Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida es su vida, su Amor es su amor
serían un día su gracia y su don.
Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.
Para los sábados
Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo,
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
"No, mi Niño, no. No hay quien
de mis brazos te desuna".
Y rayos tibios de luna,
entre las pajas de miel,
le acariciaban la piel
sin despertarle. ¡Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel! Amén
Antífona 1: ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?
Salmo 23
ENTRADA SOLEMNE DE DIOS EN SU TEMPLO
Las puertas del cielo se abren ante Cristo que como hombre sube al cielo (S. Ireneo).
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
— ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
— El hombre de manos inocentes
y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
— Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
— ¿Quién es ese Rey de la gloria?
— El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
— ¿Quién es ese Rey de la gloria?
— El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
Antífona 2: Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, porque él nos ha devuelto la vida.
Salmo 65
HIMNO PARA UN SACRIFICIO DE ACCIÓN DE GRACIAS
Este salmo habla de la resurrección de Cristo y de la conversión de los gentiles (Hesiquio).
I
Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: "¡Qué temibles son tus obras,
por tu inmenso poder tus enemigos te adulan!"
Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres:
transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos con Dios,
que con su poder gobierna eternamente;
sus ojos vigilan a las naciones,
para que no se subleven los rebeldes.
Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,
haced resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies.
Oh Dios, nos pusiste a prueba,
nos refinaste como refinan la plata;
nos empujaste a la trampa,
nos echaste a cuestas un fardo:
sobre nuestro cuello cabalgaban,
pasamos por fuego y por agua,
pero nos has dado respiro.
Antífona 3: Fieles de Dios, venid a escuchar lo que ha hecho conmigo.
II
Entraré en tu casa con víctimas,
para cumplirte mis votos:
los que pronunciaron mis labios
y prometió mi boca en el peligro.
Te ofreceré víctimas cebadas,
te quemaré carneros,
inmolaré bueyes y cabras.
Fieles de Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua.
Si hubiera tenido yo mala intención,
el Señor no me habría escuchado;
pero Dios me escuchó,
y atendió a mi voz suplicante.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor.
V. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.
R. Tú tienes palabras de vida eterna.
De la carta a los Hebreos 7, 1-10
MELQUISEDEC, TIPO DEL PERFECTO SACERDOTE
Hermanos: Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, salió al encuentro
de Abraham, cuando éste volvía de derrotar a los reyes. Bendijo a Abraham, y recibió de
éste los diezmos de todo.
Pues bien, primeramente, según se interpreta su nombre, es rey de justicia; y, en
segundo lugar, es rey de Salem, esto es, rey de paz. Aparece sin padre, sin madre, sin
árbol genealógico; no se indica ni el comienzo ni el final de su vida; y, como verdadera
figura del Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre.
Considerad cuán grande era este hombre a quien Abraham, con ser patriarca, dio los
diezmos de lo mejor del botín. Los descendientes de Leví, que reciben el sacerdocio,
tienen mandado por la ley recibir los diezmos de los bienes del pueblo, esto es, de sus
hermanos, aunque también éstos pertenecen a la misma descendencia de Abraham. En
cambio, Melquisedec, que no se cuenta entre su linaje, recibió los diezmos de Abraham y
bendijo al depositario de las promesas. Está fuera de duda que el inferior es bendecido
por el superior. Y, además, los levitas, que recibían los diezmos, eran hombres que iban
muriendo; Melquisedec, en cambio, es alguien de quien se atestigua que vive. Y, en cierto
modo, el mismo Leví, que recibe los diezmos, los paga en la persona de Abraham, pues ya
estaba entonces en las entrañas de su padre Abraham cuando Melquisedec le salió al
encuentro.
R. Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios Altísimo y
figura del Hijo de Dios, * al cual dijo el Señor con juramento: «Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»
V. Cristo fue constituido sacerdote, no por una ley de prescripción carnal, sino por el poder
de una vida indestructible.
R. A él dijo el Señor con juramento: «Tú eres sacerdote eterno según el rito de
Melquisedec.»
De los tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan
(Tratado 34, 8-9: CCL 36, 315-316)
CRISTO ES EL CAMINO HACIA LA LUZ, LA VERDAD Y LA VIDA
El Señor dijo concisamente: Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no camina en
tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Con estas palabras nos mandó una cosa y nos
prometió otra. Hagamos lo que nos mandó y, de esta forma, no desearemos de manera
insolente lo que nos prometió; no sea que tenga que decirnos el día del juicio: «¿Hiciste lo
que mandé, para poder pedirme ahora lo que prometí?» «¿Qué es lo que mandaste,
Señor, Dios nuestro?» Te dice: «Que me siguieras.» Pediste un consejo de vida. ¿De qué
vida sino de aquella de la que se dijo: En ti está la fuente de la vida?
Conque hagámoslo ahora, sigamos al Señor; desatemos aquellas ataduras que nos
impiden seguirlo. Pero ¿quién será capaz de desatar tales nudos, si no nos ayuda aquel
mismo a quien se dijo: Rompiste mis cadenas? El mismo de quien en otro salmo se
afirma: El Señor liberta a los cautivos, el Señor endereza a los que ya se doblan.
¿Y en pos de qué corren los liberados y los puestos en pie, sino de la luz de la que han
oído: Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no camina en tinieblas? Porque el Señor
abre los ojos al ciego. Quedaremos iluminados, hermanos, si tenemos el colirio de la fe.
Porque fue necesaria la saliva de Cristo mezclada con tierra para ungir al ciego de
nacimiento. También nosotros hemos nacido ciegos por causa de Adán, y necesitamos que
el Señor nos ilumine. Mezcló saliva con tierra; por ello está escrito: La Palabra se hizo
carne y acampó entre nosotros. Mezcló saliva con tierra, pues estaba también anunciado:
La verdad brota de la tierra; y él mismo había dicho: Yo soy el camino, y la verdad, y la
vida.
Disfrutaremos de la verdad cuando lleguemos a verlo cara a cara, pues también esto
se nos promete. Porque, ¿quién se atrevería a esperar lo que Dios no se hubiese dignado
dar o prometer? Lo veremos cara a cara. El Apóstol dice: Ahora vemos confusamente en
un espejo; entonces veremos cara a cara. Y Juan añade en su carta: Queridos, ahora
somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando semanifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Ésta es una gran
promesa.
Si lo amas, síguelo. «Yo lo amo —me dices—, pero ¿por qué camino lo sigo?» Si el
Señor, tu Dios, te hubiese dicho: «Yo soy la verdad y la vida», y tú deseases la verdad y
anhelaras la vida, sin duda que hubieras preguntado por el camino para alcanzarlas, y te
estarías diciendo: «Gran cosa es la verdad, gran cosa es la vida; ojalá mi alma tuviera la
posibilidad de llegar hasta ellas.»
¿Quieres saber por dónde has de ir? Oye que el Señor dice primero: Yo soy el camino.
Antes de decirte a donde, te dijo por donde: Yo soy el camino. ¿Y a dónde lleva el
camino? A la verdad y a la vida. Primero dijo por donde tenías que ir, y luego a donde. Yo
soy el camino, y la verdad, y la vida. Permaneciendo junto al Padre, es la verdad y la vida;
al vestirse de carne, se hace camino.
No se te dice: «Trabaja por dar con el camino, para que llegues a la verdad y a la
vida»; no se te ordena esto. Perezoso, ¡levántate! El mismo camino viene hacia ti y te
despierta del sueño en que estabas dormido, si es que en verdad te despierta; levántate,
pues, y anda.
A lo mejor estás intentando andar y no puedes, porque te duelen los pies. Y ¿por qué
te duelen los pies?; ¿acaso porque anduvieron por caminos tortuosos, bajo los impulsos
de la avaricia? Pero piensa que la Palabra de Dios sanó también a los cojos. «Tengo los
pies sanos —dices—, pero no puedo ver el camino.» Piensa que también iluminó a los
ciegos.
R. Odio el camino de la mentira; * lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi
sendero.
V. Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna.
R. Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero.
Oremos:
Señor Dios, que reconcilias contigo a los hombres por tu Palabra hecha carne, haz que el
pueblo cristiano se apresure, con fe viva y con entrega generosa, a celebrar las próximas
fiestas pascuales. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
Después de la oración conclusiva, por lo menos en la celebración comunitaria, se añade:
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.